Madre Alberta y el ermitaño Elías

En 1905 Madre Alberta dedica esta poesía al ermitaño Elías.

Desde 1873, niñas y hermanas pasaban el verano en Valldemossa, viviendo intensamente el encuentro con la naturaleza y entablando amistad con los ermitaños. Cuando Madre Alberta deja correr su pluma al ritmo del corazón para escribir esta poesía, ella, las demás religiosas y las niñas llevaban más de treinta años visitando la ermita de la Santísima Trinidad cada verano. De ahí le viene a Madre Alberta la amistad con el ermitaño de la que todavía hacen gala los actuales moradores de la Ermita de la Santísima Trinidad.

Ermita de Valldemosa,
nido de paz y consuelo,
que albergas entre tus muros
rebañito predilecto,
quiero orar en tu capilla,
bajo ese bendito techo
do no para el gavilán
ni se posa nunca el cuervo,
aunque haga oír su graznido,
de tu santidad huyendo.

En tu umbroso bosque cantan
el ruiseñor y el jilguero;
en tus frondas se respira
un ambiente no terreno,
que eleva las oraciones
hasta el trono del Eterno.

Me gozo entre las malezas
que limitan tus senderos;
tus zarzas y matorrales
forman festones muy bellos;
tus pinos y tus encinas
murmuran, cual blandos ecos
de lejanas melodías
atraídas por los vientos.

Admiro a Dios en tus cimas,
gigantes despeñaderos;
lo admiro en la mar tranquila,
que a tus pies sirve de espejo.

Envidio a tus moradores;
son de santidad ejemplo;
ángeles en forma humana,
sus virtudes encubriendo,
soportando privaciones,
orando siempre y sonriendo.

¡Perdóneme su modestia
si al decir esto la ofendo!

Termino, mi buen hermano,
no estaréis, no, satisfecho
con esta pobre misiva;
mas como yo nunca miento,
he querido seros franca
y no hablaros con misterios.

Soy una pobre criatura
a quien se le acaba el tiempo
sin que haya emprendido aún
de la virtud el sendero.

Soy un tronco carcomido,
torcido, nudoso, seco,
al que cercan frescas plantas
con su aroma mereciendo
no se arranque el viejo tronco
que las viene sosteniendo,
prestando su pobre arrimo
a los tallos, que están tiernos,
y van dando ópimos frutos
siempre aumentando y creciendo;
todo para mayor gloria
del Divino Jardinero.

Rogad por mí, Hermano Elías,
y llegaré a feliz término.